Cuando el cuerpo cambia, el alma aprende
Anoche salí a caminar con mis nenes. Ellos iban en sus bicis, con esa energía que parece no agotarse nunca, y yo los seguía a pie. Mientras los veía alejarse, apareció una frase que me golpeó de frente: “No puedo”.
Me quedé pensando.
¿Qué significa ese “no puedo” en mi vida hoy?
Hace no tanto, mi realidad era otra. Venía de entrenar fuerte, de sentirme sólida, vital, capaz. Y de un día para el otro, llegaron los dolores. Mi cuerpo puso un freno inesperado y, de repente, volver a moverme empezó a darme miedo. Es extraño temerle a algo que antes era mi cable a tierra.
Entonces me pregunté:
¿Es un límite real o es miedo a que el movimiento ya no sea como antes?
Y ahí entendí algo importante: no quiero que el dolor sea un enemigo, sino un maestro. Adaptar mi cuerpo no es retroceder; es aprender un lenguaje nuevo. Mi “no puedo” de hoy no es un final, es un “todavía no sé cómo, pero voy a encontrar la forma”.No voy a dejar de moverme.
Voy a moverme de una manera que mi cuerpo agradezca, no que le duela.
La frustración está. Me duele el cuerpo y cuesta aceptar que ya no responde igual. Pero no quiero que este proceso se convierta en un impedimento. No quiero renunciar a las actividades que amo. Mi objetivo es adaptarme, no rendirme.
Sé que probablemente estoy transitando, según expertos, la perimenopausia, una etapa que puede durar años. Pero tengo algo muy claro: no voy a dejar que eso maneje mi cabeza. Si mi cuerpo cambia, yo cambio con él. Las riendas siguen siendo mías.
La mente crea tanto nuestro interior como nuestro exterior. Lo que pienso, lo construyo. Por eso hoy elijo conscientemente no crear nada negativo en mi vida.
Si mi realidad física está cambiando, entonces voy a crear una nueva forma de habitarla: sin miedo, con presencia y con la convicción profunda de que sigo al mando.

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