Las emociones que nacen cuando nace una mamá


Hay un momento en la vida en el que todo cambia.

No es solo el nacimiento de un hijo. Es el nacimiento de una mujer nueva.

Después de ser mamá, mis emociones se volvieron más intensas, más profundas, más honestas.

La crianza me abrió un mundo que no sabía que existía: el amor que desborda, la paciencia que se pone a prueba, la culpa que aparece sin permiso, la ternura que sostiene, el cansancio que enseña, la fuerza que sorprende, el egoísmo que desaparece. 


Y en medio de todo eso, algo adentro mío empezó a moverse. Un deseo suave pero firme: seguir creciendo como mujer.

No quería perderme en la maternidad. Quería encontrarme dentro de ella.

Por eso empecé a estudiar una carrera. No porque me sobrara el tiempo, sino porque necesitaba sentir que mi mente también se expandía.

Hice y continúo haciendo malabares: entre tareas, meriendas, noches cortas, parciales, trabajos prácticos, emociones, dudas y certezas.

Y aun así, algo en mí decía: seguí, esto también es parte de tu camino.

Mientras tanto, mi cuerpo seguía siendo mi ancla.

Entrenar, moverme, practicar el deporte que siempre ame, sentir mi fuerza, cuidar mi energía…

todo eso me recordaba que yo también importo.

Que mi bienestar no es un lujo, es una necesidad.

Que para sostener a otros, primero tengo que sostenerme a mí.

Hoy entiendo que mi expansión no nació de un gran momento, sino de muchos pequeños actos de amor propio.

De elegir crecer aun cuando estaba cansada.

De elegir aprender aun cuando tenía miedo.

De elegir cuidarme aun cuando parecía imposible.

Ser mamá me transformó.

Pero no me achicó. Me abrió.

Me hizo más sensible, más fuerte, más consciente.

Y este blog nace desde ahí:

desde las emociones que me atraviesan,

desde la mujer que estoy llegando a ser,

desde el deseo profundo de acompañar a otras mujeres que también están haciendo malabares entre la maternidad, sus sueños, sus cuerpos y sus ganas de crecer.

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